Dios nos llama a que seamos santos. Dios nos escogió y creo para que fuéramos santos. El corazón de Dios tiene unos deseos infinitos de pureza y de santidad, nos eligió para hacernos puros y santos.

Dios nuestro Señor quiere que todas las almas progresen en la virtud y a todos nos dijo estas palabras:

Aspirad a ser perfectos, coma vuestro Padre celestial es perfecto.

Para todos dejó abierta, de par en par, la puerta de la sabiduría y nos ayuda y llama a ser santos. Los débiles se quedarán atrás; pero las almas generosas pueden llegar ahí, Dios nuestro Señor no niega a nadie la gracia para alcanzar la santidad.

¿Quien está llamado a la Santidad?
Todo hombre, toda mujer y todo niño de toda época, en todo estado de vida, condición, grado de talento y profesión. TÚ ESTÁS LLAMADO A LA SANTIDAD. “Seréis santos, porque santo soy yo” (1 Pedro 1,15),

¡Dios te ama! Tú eres precioso para Él. Tú le perteneces a Él. Él es tu Padre. Tú lo necesitas. É desea que tu seas como Él: SANTO. y su gracia te basta: “En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. ¡Mirad!, ahora es el tiempo favorable; ahora el día de salvación” (2 Corintios 6,2).

El proceso para la canonización, suele ser largo y complejo. El candidato para la santificación debe ser propuesto primeramente al obispo local. Una vez que el obispo acepta y abre formalmente la “causa” para la canonización, comienza una meticulosa investigación de la vida y la obra de la persona.
Esto involucra un estudio exhaustivo de las obras escritas, entrevistas con quienes lo/la conocieron o trabajaron con él/ella. Se hace un análisis cuidadoso de su vida, sus virtudes y sus debilidades.
La investigación apunta a llegar a la verdad de la vida y la virtud de la persona. Quien ha vivido la vida cristiana de forma extraordinaria, ha manifestado “virtud heroica”, puede ser considerado seriamente para la canonización.
Cuando el proceso diocesano es positivo, la información es enviada a Roma, donde la Congregación para las Causas de los Santos emprende una nueva investigación bajo la supervisión de historiadores y teólogos profesionales. Una vez completo este segundo paso, la evidencia es presentada a los obispos y cardenales que forman la congregación, y su juicio es enviado al Papa. Sólo el Santo Padre toma la decisión de beatificar o canonizar al candidato para la santificación.
El Santo Padre busca una señal de Dios como confirmación del juicio positivo de Dios con relación a la beatificación o canonización. Los milagros son una señal positiva de que Dios ciertamente confirma la decisión de la Iglesia.

¿Conoces los pasos a seguir en el proceso de canonización?

1º. El obispo diocesano y el postulador de la causa piden iniciar el proceso de canonización tras realizar una exhaustiva averiguación con personas que conocieron al candidato para saber si en verdad su vida fue ejemplar y virtuosa. Si se logra comprobar por el testimonio de estas personas que su comportamiento fue ejemplar, la Iglesia le declara «Siervo de Dios».
2º. La Congregación para la Causa de los Santos del Vaticano aprueba la «positio» un documento en el que incluyen, además de los testimonios de los testigos, los principales aspectos de la vida, virtudes y escritos del Siervo de Dios. Si por estas detalladas averiguaciones se llega a la conclusión de que sus virtudes, fueron heroicas, el Santo Padre lo declara «Venerable».
3º. Para que un venerable sea beatificado es necesario que se haya producido un milagro debido a su intercesión. Dicho milagro debe ser probado a través de una instrucción canónica especial, que incluye el parecer de un comité de médicos y de teólogos.
4º. Para la canonización es necesario otro milagro atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su beatificación.

La inmensa mayoría, los trámites para la beatificación y canonización duran 30, 40, 50 y hasta cien años o más. Los santos «canonizados» oficialmente por la Iglesia católica son alrededor de 10.000, aunque los procesos tal como hoy los conocemos son relativamente nuevos, del siglo XVIII. Antes los santos surgían por aclamación popular.